Cambio de paradigma del cuerpo en el Arte Contemporáneo
Por Gabriel Cimaomo

El arte contemporáneo ha convertido el cuerpo humano en uno de los temas paradigmáticos de las últimas cinco décadas. Prácticas de las más variadas e intervenciones de toda índole realizadas en el cuerpo y por medio de él, lo colocan como protagonista indiscutible del arte, desde los años sesenta en adelante. El proyecto otoño de Germina Campos ofrece una muestra posible de expresiones en torno al uso del cuerpo en el arte actual.
Desde que el arte se conoce y reconoce, el cuerpo humano y su representación han sido siempre objeto de la mirada creativa del hombre. Pictogramas, ideogramas, pequeñas esculturas, vasijas con escenas costumbristas, frisos, figuras votivas, han dado cuenta de las iniciales expresiones artísticas de la humanidad.
De uno u otro modo el cuerpo humano siempre ha estado presente en el arte. Personificó a dioses y diosas, santos y reyes, creyentes y paganos, ricos y pobres, mitologías e  historia, hechos e  ideas. Se avino a los cánones de belleza y a las modas. Atravesó los siglos adaptándose a las exigencias de las técnicas, a la mirada de los artistas, a los deseos del público. La historia del arte y los museos abundan de obras que lo representan en todas las posiciones, idealizado o natural, embellecido o afeado, desnudo o vestido, alegre o atormentado, joven o viejo, femenino o masculino, protagonista o espectador de una escena. El cuerpo atravesó siglos de creación siendo, al mismo tiempo, objeto de representación o sujeto de la obra pintada, tallada o fotografiada.
En los años sesenta y setenta, los cambios sociales, los acontecimientos políticos, contribuyen a liberar al individuo que comienza a recuperar paulatinamente su sentido de la corporeidad. En el plano de lo social el hippismo y el feminismo constituyeron importantes movimientos que despertaron en la cultura occidental una clara toma de conciencia y posición respecto a la libertad de dominio sobre el propio cuerpo, reivindicando la apropiación del mismo y su sexualidad.
En el plano artístico, las vanguardias, si bien desestructuraron las leyes del arte tal cual se concebían en la modernidad, el fracaso de sus manifiestos como estructuradores de un nuevo orden dejaron el campo libre al surgimiento de prácticas -más o menos anárquicas y sin disciplinas hasta entonces definidas- de arte extremo.
Así nace el body art como una noción determinada para denominar un tipo exclusivo de comportamiento artístico en torno al cuerpo, enunciado por primera vez por la revista Avalanche y llevado a cabo entre finales de los sesenta y principios de los setenta en Estados Unidos, por artistas como Vito Acconci, Chris Burden, Bruce Nauman o Dennis Oppenheim.
En un sentido amplio entendemos por body art una categoría inclusiva bajo la cual es posible agrupar otras expresiones como el happening, la performance, el arte de acción, entre otras.
Durante los años ochenta, las conductas de riesgo y la práctica de deportes extremos son algunas maneras que conducen a exponer el cuerpo con mayor intensidad. En la década de los noventa, prácticas corporales como el tatuaje, piercing, scarification y body painting se popularizan.
El arte lejos de permanecer ajeno a estos cambios, acompaña este fenómeno social y antropológico que significó una vuelta sobre el sentido del cuerpo, pasando éste de ser sólo objeto de representación a constituirse en herramienta, soporte y material de las prácticas artísticas. Se produce entonces lo que podríamos considerar un cambio de paradigma del cuerpo en el arte. Este cambio de paradigma implicó -extrapolando a Pere Salabert- “...el paso desde un representar tradicionalmente ajeno a la consistencia material del mundo hasta otro lenguaje cuya efectividad real, (...), se encamina hacia otra realidad estética que comienza con la materia pictórica y acaba en la carnal.”
A partir de los sesenta el cuerpo se vuelve soporte de reivindicaciones, una herramienta de comunicación de ideales y un vehículo contestatario privilegiado. El cuerpo se convierte en un material de creación y destrucción, un vehículo de provocación al servicio de la libertad de expresión. Los artistas le confieren una nueva dimensión invistiéndolo, utilizándolo de distintas maneras.
La presente propuesta de Germina Campos recupera a modo de muestra una singular sinfonía de sentidos en torno al uso del cuerpo en el arte contemporáneo argentino e hispanoamericano, en la que cada artista haciendo uso de su instrumento más íntimo, compone e interpreta cual solista su partitura única y original.
Así, engalanado con guirnalda de panaderos, artesanales tejidos de alambre o aplicaciones de dedales sobre la propia piel, reluce el cuerpo descubierto de Fernanda Aquere, alternando texturas naturales con otras metálicas, dotando a su contundente femineidad de una nota de androginia. El cuerpo cultural femenino de la posmodernidad.
Sumergida en sus flujos y sus colores, con un enfoque reconocidamente autorreferencial Luciana Berneri expone también fragmentos de su cuerpo desnudo al objetivo de la cámara y a la mirada del buen voyeur.
Tentado, presuntamente feliz, en el breve video que Milyton Kalbermatter presenta en esta muestra, aparece despojado de todo excepto de sí  mismo, retrotrayéndonos a los plácidos “cuelgues” de algunos de los protagonistas de las pruebas de cámara de Warholl. Como sea, su sonrisa franca e incluso pueril, se agradece.
Casi en las antípodas, la propuesta enigmática, lúdica y sincrónica de Alejandra Mizrahi, problematiza el autorretrato como género en la medida que exhibe a la vez que oculta un cuerpo -el de la artista- el cual condensa a la par que atraviesa tiempos y generaciones, mediante un encuentro performático entre cuerpo y contexto en el que la indumentaria se nos presenta como una segunda piel que posibilita el juego de vestirse, desvestirse e investirse de un otro-yo.
Camuflada, mimetizada con su entorno, frondosa en colorido y texturas, Cecilia Paredes comulga en su obra con el mundo natural a la vez que por su naturaleza artística, recrea el espacio -su cuerpo en contexto- proponiendo un mundo imaginario que logra una atmósfera donde lo natural y lo artificial, la realidad y la ficción se aúnan sin fricciones.
Mediante un lenguaje a la vez simple, tribal, contemporáneo y universal, Claudio Pereyra tatúa su cuerpo y el de su partenaire sexual con dibujos de preservativos que transparentan la piel humana -la protección de nuestro cuerpo más potente aunque no inexpugnable- recordándonos la necesidad de preservar nuestro tesoro más rico y vulnerable.
Paula Pinedo, enredada, camuflada, confundida entre los tejidos familiares, encarna y protagoniza -a modo de exorcismo- los rituales que signan al género femenino en nuestra cultura, conjurando la sofocación de arraigadas tradiciones, asumiendo y deconstruyendo al mismo tiempo para diferenciarse y si se quiere, “tejer” su propia trama.
Por su parte María Eugenia Riguera, sicodélica lavada en cian y magentas, se exhibe higiénica y provocadora tras el filtro digital. En actitud erótico-irónica flagrante, la artista apuesta en esta propuesta a destacar fundamentalmente lo conceptual desde una mirada sobre sí misma.
Otra perspectiva, en este caso más explícita sobre lo cotidiano de su ser mujer es la de Liliana Sánchez, tan intimista como expuesta a la vez. Una mirada artística que focaliza en la paradoja del sometimiento y la desmitificación de las promesas mesiánicas y hasta perversas de las tecnologías de la salud y la belleza “perennes”.
Desde la rebeldía a la subyugación del ego como expresiones tatuadas en su cuerpo y que ofician de antecedentes de la propuesta aquí referenciada, Soledad Sánchez encarna mediante acciones sucesivas: Sobre los acontecimientos. Donde, al igual que en sus performances anteriores con tatuajes, propone el uso de su cuerpo como lienzo, un espacio en el cual se condensan momentos de su vida. Por medio de sus tatuajes plantea una suerte de mapa corporal de su memoria personal, familiar y colectiva.
Mística y sincrética, Anabel Vanoni, recupera la sacralidad del imaginario popular en torno a la divina fertilidad, en una performance que celebra el encuentro entre la corporeidad que cobra la nueva vida, el cuerpo embarazado de sus progenitores, y el cuerpo social -representado por el público- unido por singulares cordones umbilicales azules.
Multiplicidad de miradas y sentires en torno al “objeto” hombre se reflejan en esta muestra. Sobre un cuerpo que viene predicado -en la acepción lacaniana del término- cada artista interviene, desde una variedad de lenguajes, prácticas y recursos, construyendo su propia trama. Algunas de ellas signadas por la enunciación de la historia e identidad personales, otras denunciando de manera irónica cuando no crudamente dramática -lindante con lo documental- los flagelos socio-culturales inflingidos al cuerpo. Como sea el arte en el cuerpo y muy particularmente en el del propio artista siempre conmueve. Seguramente la mayor parte de estas expresiones no se encuadran en los límites extremos del arte, ni exponen a un peligro real, con lo cual no resultan perturbadoras en el sentido definido por Arthur Danto. Sin embargo, su capacidad de conmover parece inherente a la materia, soporte de la obra: el cuerpo humano, que torna inevitable la referencialidad a nuestro propio cuerpo. Pero esta conmoción es producto también de la inequívoca autorreferencialidad de este tipo de expresiones. En estas propuestas el artista cada vez que expone, se expone; poniendo de manifiesto cómo siente y se siente en torno a su presente, su pasado o cómo se proyecta prospectivamente, es decir condensándonos a modo de documento iconográfico su historia singular que, en tanto humana, es a la vez universal. Nada nuevo por otra parte, el lugar del artista, que expone su mirada sobre sí mismo y la realidad que habita, aunque es justo destacar, con la contundencia que provoca hacer literalmente carne el propio arte. Esto sucede cada vez que el cuerpo se hace obra, es decir cuando las fronteras entre arte y vida se difuminan.
¿Pero, de qué cuerpo estamos hablando? De un cuerpo polisémico, atravesado por diversos discursos, que pone de manifiesto las innúmeras dimensiones de lo humano. El cuerpo cultural, el cuerpo social, el cuerpo biológico, el cuerpo erótico, el cuerpo tanático, el cuerpo histórico, el cuerpo contemporáneo, el cuerpo genérico -masculino, femenino, andrógino-, el cuerpo desnudo, vestido, expuesto, camuflado, real, simulado. El cuerpo artístico en tanto objeto y sujeto de la obra no puede limitarse a un cuerpo sino que comprende muchos cuerpos, tantos como todos los nuestros. Y como sucede en el arte -particularmente el contemporáneo- el posesivo “nuestro” no indica un ámbito privativo de los artistas, sino que invita, en este caso a otros cuerpos, no sólo a la identificación desde el lugar de espectador, sino a la resemantización de quienes se aventuran a participar activamente en una interacción con la obra, sea mediante una intervención interpretativa -haciendo un trabajo fundamentalmente intelectual, de naturaleza semiótica e incluso hermenéutica- o apropiándose, cada quien a su modo, a través de un acercamiento más experiencial, de un fragmento de la multiplicidad de sentidos y sensaciones que despiertan las propuestas de los artistas que trabajan sobre el propio cuerpo. La resultante de dicha apropiación de la obra, dependerá de la intensidad del compromiso también variable de quienes -según la medida de su disposición y posibilidades- harán carne de manera siempre única y por tanto original una pluralidad de formas de entender y sentir el propio cuerpo y el de los otros.


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