Comienzo a tomar conciencia como mujer, de todo el tiempo y energía que le dedico a mi cuerpo, de lo mucho que me cuido, del arsenal de cremas que poseo y que rigurosamente uso, de lo estricta que soy en cuanto a la fecha de visita a mi ginecólogo y a todos los chequeos inherentes a mi condición femenina, que no por ser necesarios son menos incómodos y molestos.
En todos estos controles de rutina, mantenimiento y belleza para conmigo misma, existe un punto en el que odio cada situación a la que me someto. La mano invasora, como así también cualquier otro elemento ajeno a mí, me son insoportables.
Me da miedo. Mucho. Un miedo parecido al que me provoca esa voz extraña que gentilmente me pide que me saque la bombacha, que me ponga la bata que está ahí colgada y que me acueste. Me acuesto, apoyo mis pies en un par de estribos, abro mis piernas bien abiertas. Siempre quedo lejos y me pide que acerque mi cola al borde, además me pongo tensa, y duele, me molesta todo, hasta su voz; intento relajarme, tengo que conseguirlo para que no duela e irme de ese lugar lo antes posible, recuperar mi bombacha y recuperarme.
Una vez en la calle me siento nuevamente yo, libre y dueña de mi misma.
El miedo vuelve, inexorablemente.
Porque así es como me siento, sometida. Poniendo mi cuerpo y exponiendo cada milímetro de mi piel, en manos de profesionales, en donde el proceso al que voluntariamente me entrego, me resulta ingrato, irritante e interminable, despertando asimismo sentimientos ambivalentes donde pareciera que belleza y flagelo fuesen cara y seca de una misma moneda.
Traspaso la puerta de la peluquería y veo mi imagen con un nuevo “look” reflejada en las vidrieras, “...y serás una reina”, tal como me dice mi coiffeur cuando su obra está casi terminada.