Pensar que algo puede cambiar  un poco, moverse unos centímetros o hacerse levemente más visible.
Asumir que la distancia ejerce  el poder de permitirme mirar lo que tengo cerca.
Creer aún en la posibilidad de  cambiar el relato, no hablo de los grandes y audaces, sino de los de minúsculo  significado.
Detener la mirada sobre lo  mínimo, sobre lo que esta casi condenado a pasar desapercibido.
Reconocer lo conocido a través  del movimiento hacia lo desconocido.
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ángel recorrió el mundo  buscando la flor de los siete colores sin saber que su jardín era el lugar  donde la encontraría. Ahora ya no hay flores fantásticas que buscar, sólo  existe la posibilidad del reencuentro con el propio espacio. El viaje es una  excusa para acercarme al paisaje con una mirada no habitual para el imaginario  del turista. Es una excusa que me permite alterar el orden de las secuencias.  Una flor, un cajón de manzanas, tu peinado, el jugo ponchito sobre la mesa, el  diario en el kiosco de revistas, un detalle del cielo naranja, una gallina que  corre despavorida. Las imágenes se escapan, rehusándose a conservar la  referencia con el espacio que las contiene, poniendo en situación de igualdad  una capturada en mi barrio con una obtenida a miles de kilómetros de mi ciudad.  Entonces para que empeñarme en el desplazamiento? Porque sólo el regreso me otorga la  posibilidad de tornar el espacio habitual y cotidiano nuevamente en paisaje;  porque después del viaje la flor de los siete colores puede estar en el  florerito de mi cocina, en el almacén de mi cuadra ó en la orilla de la laguna.