Pensar que algo puede cambiar un poco, moverse unos
centímetros o hacerse levemente más
visible.
Asumir que la distancia ejerce el poder
de permitirme mirar lo que tengo cerca.
Creer
aún en la posibilidad de cambiar el relato, no
hablo de los grandes y audaces, sino de los de
minúsculo significado.
Detener la
mirada sobre lo mínimo, sobre lo que esta casi
condenado a pasar desapercibido.
Reconocer lo conocido a
través del movimiento hacia lo desconocido.
////
ángel recorrió el
mundo buscando la flor de los siete colores sin saber que su
jardín era el lugar donde la
encontraría. Ahora ya no hay flores fantásticas
que buscar, sólo existe la posibilidad del
reencuentro con el propio espacio. El viaje es una excusa
para acercarme al paisaje con una mirada no habitual para el
imaginario del turista. Es una excusa que me permite alterar
el orden de las secuencias. Una flor, un cajón de
manzanas, tu peinado, el jugo ponchito sobre la mesa, el
diario en el kiosco de revistas, un detalle del cielo naranja, una
gallina que corre despavorida. Las imágenes se
escapan, rehusándose a conservar la referencia con
el espacio que las contiene, poniendo en situación de
igualdad una capturada en mi barrio con una obtenida a miles
de kilómetros de mi ciudad. Entonces para que
empeñarme en el desplazamiento? Porque sólo el
regreso me otorga la posibilidad de tornar el espacio
habitual y cotidiano nuevamente en paisaje; porque
después del viaje la flor de los siete colores puede estar
en el florerito de mi cocina, en el almacén de mi
cuadra ó en la orilla de la laguna.