Probablemente desde la década de los 60 (aunque la historia viene, desde luego, de mucho más atrás) el arte dejó de ser un objeto (y un campo) aprehensible como tal para diseminarse en su otro, al punto de ponerse al borde de la caída (como tal), y abismando su concepto y su práctica al no poder evitar pensarse a sí mismo desde la misma producción.
Situarse en la contemporaneidad es -a la vez- una inevitabilidad (tautológica) y un trabajo cotidiano (sobre todo en el campo del arte).
Lo inevitable es estar aquí y ahora.
Lo que no equivale a pensar(se) aquí y ahora (sobre todo en el campo del arte).
La inercia conceptual, el confort de la fijeza, la comodidad de lo conocido, hacen que no sea una tarea fácil pensar lo que se está modificando, lo que está deviniendo (a veces casi imperceptiblemente) aquí y ahora.
Desde la actividad artística (tanto como artista, curador o docente) trato de plantear(me) esta especie de paradoja que se abre en el intersticio entre la inevitabilidad/dificultad de “ser” contemporáneo.
Roberto Echen